sábado, 21 de abril de 2018

El Camino Inka o una caminata entre las nubes I

Los desafíos nos ayudan a hacerle frente al deterioro físico y mental del vivir. Digamos que nos permiten mantenernos vigentes, vivos. Su provecho aumenta, si estos nos llevan por áreas en las que no tenemos experiencia ni pericia. Se trata de expandir los márgenes de comfort, pues es ahí donde radica el mayor crecimiento o bienestar.

Es por esta razón que me decidí a hacer el camino inca.  No era una forma de peregrinar ni nada que se le parezca. Mi deseo era estar cerca de la naturaleza, explorar ruinas que solo son accesibles por esta vía, exponerme a condiciones en las que no tenía experiencia, y por supuesto, llegar a Machu Picchu como lo hacían los antiguos incas: caminando entre las nubes -o sea, a gran nivel de altura.

Algunos me dijeron que el Camino inca era muy difícil, que no lo hiciera. Consejo que me entró por un oído y salió por el otro. Soy terca, tenaz en lograr lo que me propongo. Iba preparada para enfrentar el camino, pero también para escuchar a mi cuerpo. Si debía devolverme, lo haría sin problema, pero no dejaría de intentarlo.

El trayecto no es muy largo, son unos 43 kilómetros (26 millas), yo estoy acostumbrada a caminar. La diferencia es que mi experiencia se limita a terreno plano, en su gran mayoría. De antemano sabía que sería difícil. La dificultad proviene del enrarecimiento del aire a una altura que oscila entre los 3,000 y 4,200 metros. A esto se suma las variaciones del terrero: escalones gigantescos, rocas, inclinaciones y depresiones inusitadas.

Por meses leí todo lo que pude sobre las experiencias de las personas que habían hecho esta caminata. Leí las historias de muchos que lo lograron y también de los que se rindieron. Me preparé tanto que al final, la experiencia me pareció más fácil de lo que yo había anticipado.  Quiero dejar claro que esta conclusión resultó de mi tendencia a pensar lo peor ante  lo desconocido.

Estaba mentalmente preparada para el desafío. Aún debía preparar todo lo demás.

Meses antes de mi partida, empecé a buscar las botas perfectas para el terreno al que me enfrentaría. Detesto ir a las tiendas, por lo que Amazon se convirtió en mi mejor aliada. Compré varias botas, de distintas marcas, que al final terminé devolviendo. Aún de las botas que al final compré, pedí tres tallas distintas. Quería que las botas me quedaran perfectamente; ya tendría bastante con la altura y las subidas, como para tener que caminar con ampollas en los pies.

Al final compré unas botas de la marca Salomon y las usé con medias gruesas de lana. Se sintieron cómodas durante toda la caminata. El pies, a pesar de la distancia, no se sentía fatigado. ¡Perfecta ingeniería alrededor de mis pies! Me mantenían el tobillo inmóvil y la planta del pie, perfectamente ajustada a la suela. Fue la mejor decisión que tomé. A varios de mis compañeros les salieron ampollas. Y, Denise, quien me hacía compañía en la retaguardia del grupo,  perdió varias uñas de los pies.

La mayoría de gente hace el camino inca en los meses de mayo a octubre por ser la temporada seca. A mí me tocó a principios de abril, lo que es el final de la temporada lluviosa. Me preparé mentalmente para caminar empapada de agua. Compré una mochila y una chaqueta a prueba de agua, y al final no llovió. Si no las hubiera comprado, de seguro habría llovido. ¡Tuvimos mucha suerte! Hizo un tiempo espectacular durante los cuatro días de caminata.

Partí para Cuzco un domingo por la mañana dejando atrás la Lima brumosa, que me había albergado por tres días. Antes de subir al avión, me tomé dos cápsulas de un medicamento para el mal de altura. Una hora después aterrizamos, y me dispuse a ir por mi maletita.  De camino, me encontré con una palangana de hojas de coca. El letrero decía que tomara tres, pero yo me llevé un puñado. Hice un rollito con ellas y lo coloqué entre la encía y el cachete. Recogí el equipaje, y salí del aeropuerto.

Esperaba ver un rostro extraño con un cartelito con mi nombre, como tantas veces he visto en los aeropuertos. No me me había percatado aún, pero ese día descubriría que había albergado un deseo inconfeso de que al llegar a tierras extrañas, alguien me estuviera esperando con un cartelito. Esta debió ser mi oportunidad. ¡Pero, no! El señor chofer había salido a fumarse un cigarrillo, así que tuve yo que salir por él. ¡Suspiro!

Con las pastillas antialtura y mi manojo de coca, agazapado entre encía y mejilla, todo marcha a la perfección. No había sentido nada al aterrizar a 3600 metros de altura. La aprehensión cedió, y empecé a agarrar confianza; pero, de pronto, unas punzadas en las sienes me recordaron que mi canto de victoria había sido prematuro.

Al llegar a l hotel me sentía muy fatigada. Saqué mi oxímetro, y mi nivel de oxígeno en la sangre era de 81. Me recosté y empecé a respirar profundo. Agarré una bolsa de papel y respiré repetidamente en ella. Tomé agua y descansé unas horas. Más tardes, volví a medir el oxígeno, ahora marcaba 88, sentía que respiraba mejor. Se supone que el nivel de oxígeno no debe bajar de 90, pero en Cuzco...

A las 4:30 de la tarde  debía encontrarme con el resto del grupo que haría el camino inca. Cuando fue hora, bajé al vestíbulo y conocí a algunos de los miembros del grupo. Luego llegó Gato, quien sería el líder del grupo, por los dos primeros días, y empezamos a caminar hacia la oficina de G Adventures. A los cinco minutos de caminar, sentía que me faltaba aire.

Era un mal presagio para mis ilusiones de sobrevivir el camino inca.

Continuará...

miércoles, 27 de diciembre de 2017

¿En qué se nos va el tiempo?

Solemos creer que si tuviéramos más tiempo, haríamos más. Leeríamos esa novela que se llena de polvo en la mesita de noche, escribiríamos un post, una carta, una novela, llamaríamos a ese amigo que hace semanas queremos llamar, aprenderíamos un nuevo idioma u organizaríamos el clóset. Claro, si tan solo tuviéramos más tiempo. La verdad es que encontramos el tiempo para hacer las cosas que verdaderamente queremos hacer, para aquellas que no, nos falta tiempo. La cuestión es cómo vencer el no querer hacer algo. Si nos sinceramos, no es tan difícil. No quiero hacerlo, no tengo que hacerlo, pues no lo hago. No quiero hacerlo, pero tengo que hacerlo, pues empiezo en este mismo momento.

La magnitud de un proyecto se convierte en el principal impedimento para terminarlo, pues pensamos que hacer un poquito es insignificante. Esto es un error enorme que nos paraliza y estanca nuestros proyectos, sean grandes o minúsculos. Este círculo vicioso se rompe cuando dejamos de postergar el trabajo, y empezamos a hacerlo, y nos marcamos pautas, como por ejemplo, el tiempo que le vamos a dedicar, sean quince minutos o unas horas. Lo más fácil y efectivo es dedicarle el tiempo del que disponemos, así sean quince minutos. La mayor parte de la batalla es empezar. Esto lo aprendí con los quehaceres domésticos, los cuales detesto con pasión. Si me pongo a pensar en TODO lo que tengo que hacer en casa es abrumador, pero si lo divido en pequeños proyectos, es perfectamente manejable.

A pesar de que aprendí un mundo haciendo la tesis, tal vez, el mayor aprendizaje haya sido el poder del tiempo bien empleado y que un proyecto grande se completa por parte. Como no disponía de mucho tiempo, porque además de estudiar trabajo a tiempo completo,  dividía lo que tenía que hacer en pequeñas tareas que podía completar en una o dos horas, y reservaba aquellas que requerían más tiempo y concentración para el fin de semana, cuando podía entregarme de lleno a ellas.  Así logré leer muchísimos libros, escribir montones de páginas, de las que sobrevivieron 273, las que conforman los seis capítulos de mi tesis.

"No tengo tiempo" es la excusa por excelencia de nuestro tiempo, y no está exenta de razón. Pero vale la pena reflexionar sobre las cosas en las que invertimos mucho de nuestro tiempo libre.  Hace algún tiempo hice esta reflexión, y me di cuenta que sí era cierto que tenía poco tiempo, pero también lo era que parte del que tenía lo empleaba en cosas que sumaban poco o nada a los proyectos que yo quería terminar. La más obvia, aunque no la única, era mi uso de las redes sociales, así que reduje casi por completo el tiempo que pasaba en ellas. También me negué a hacer todo cuanto no aportara nada a mis proyectos.  Aprendí una fórmula mágica: decir que no sin remordimiento.

El resultado de no invertir mi tiempo en cosas inútiles y dedicarle el tiempo del que disponía a mis proyectos, aunque fuera un ratito a la vez, valió la pena.  En el 2017 terminé la tesis, hice cambios en casa, escribí un trabajo para un congreso en Colombia, leí decenas de libros, me escapé unos días a Portugal sin sentirme CULPABLE y liquidé la lista de los pendientes.  

martes, 18 de abril de 2017

Caravaggio: Negación de San Pedro y Martirio de Sta. Úrsula

Puedo pasar un día entero en un museo, absorta en el arte, saltando de una sala a otra, sin ningún plan preconcebido, solamente dejándome llevar por los sentidos. Ayer, fui al museo Metropolitano de Nueva York buscando refugio, sacándole el cuerpo a las malas noticias. Cuando el día quiso ponerse ácido, decidí reorganizar mi agenda. 

La carnada fue la recién estrenada exhibición de las dos últimas obras de Caravaggio: el Martirio de santa Úrsula y la Negación de San Pedro. La primera es un préstamo de la Banca Intesa Sanpaolo de Nápoles, la otra es parte de la colección permanente del museo Metropolitano. Ambas serán exhibidas, una al lado de la otra, por los próximos tres meses.

En ambas pinturas el espectador es atraído, a través de la focalización de la luz, hacia las partes del cuerpo que Caravaggio buscaba realzar. Sin embargo, no es el aspecto realista lo que sobresale en los sujetos presentados, sino su estado psicológico o emocional.

fuente de la imagen: Wikipedia 

La Negación de San Pedro (1610) se limita a un soldado romano, cuyo único rasgo distintivo es la vestimenta militar -casco y coraza-, su cara queda oculta por la oscuridad, la mujer acusadora y el discípulo acusado.

La mujer, que mira fijamente al soldado en actitud inquisidora, subrayada por la luz que emana de sus pupilas, señala a Pedro como discípulo de Jesús. El rostro de Pedro se muestra contraído en un gesto que yuxtapone sorpresa y negación ante la acusación de la mujer. Dos de los dedos de Pedro, enfilados hacia sí, realzan su rotunda negación. Los tres dedos que apuntan hacia Pedro, tal vez, aluda a la profecía de Jesus de que Pedro lo negaría tres veces.

La iluminación ata los tres focos de interés del cuadro en una triangulación que se mueve desde la cara de la mujer hacia las manos y al rostro de Pedro. El soldado viene a ser una especie de utilería que a través de la cual la escena se manifiesta y adquiere contexto.

fuente de la imagen: Wikipedia 

Al igual que en la Negación de San Pedro, en el Martirio de Santa Úrsula (1610) Caravaggio concibe la escena del asesinato de la santa ante a un puñado de sujetos, sin las once mil vírgenes de la leyenda. Caravaggio capta el momento en que Úrsula se rehúsa a casarse con el jefe de los hunos y este le dispara una flecha asesinándola. Destaca la expresión del verdugo, la cual es una mezcla de rabia y, tal vez, de arrepentimiento.

En un aspecto de gran dramatismo y movimiento, una mano se antepone entre Úrsula y su verdugo. La mano parece corresponder al hombre que está a la derecha de Úrsula, cuya expresión es de angustia y total derrota al no poder salvarla. Detrás del foco del cuadro, como si estuviera casi fuera de la escena, Caravaggio se inserta a sí mismo, intentando alcanzar a ver el martirio. La mirada extendida sobre el hombre de la víctima y su boca completamente abierta reflejan su estado de conmoción.

Aunque fui a ver estas dos pinturas específicamente, vi todo cuando pude ver. Iba deslizándome de sala en sala descubriendo tesoros y reencontrándome con otros. Este post se haría demasiado largo si hablara de todo lo que vi y sentí durante mi visita. Subí algunas fotos de mi recorrido a Instagram.

Lo verdaderamente importante es que el conato de mal día no era ya ni siquiera un recuerdo cuando dejé el museo, pues para mí, el arte es siempre un buen refugio, un bálsamo.

martes, 27 de diciembre de 2016

De vuelta del cementerio de las palabras muertas

Cuando era niña siempre escuchaba a mi abuela y bisabuela maternas hablar de "tisanas", y sus excelentes propiedades curativas. Varias veces me hicieron tomarlas, ya fuera para el dolor de vientre, los parásitos, la gripe, o simplemente para diezmar mi afición al café mañanero. Según estas sabias mujeres, y como ha sido comprobado por la sabiduría campesina dominicana desde el principio de los tiempos, el cafe "pone a los muchachos prietos, brutos y no los deja crecer". En mi caso, podría ser la razón por la cual no supere los 5"2. Pero, dejaré la chercha a un lado, porque no es de ello de lo que quiero escribir, y mucho menos de los malolientes  brebajes, sino de la palabra que los designa.

Para empezar, a mí la palabra "tisana" siempre me pareció horriblemente fea, y nunca me animé a pronunciarla siquiera. Por lo que me extraña estar escribiendo este post sobre ella -no es un secreto de Estado que soy la dualidad sobre dos patas. En fin, el caso es que en casa decíamos té, independientemente de su preparación, ya fuera tisana o infusión... Aprendí la diferencia años después, ya que nunca me fue necesario saberla , pues las denominaba a ambas con el mismo nombre: té. 

Y para mí sorpresa, esta mañana mientras hacía un té, presencié una simbiosis entre tisana e infusión, que me trasladó a un lugar olvidado de mi infancia. Aunque la tisana, para mí, buena terca, seguía siendo té; todo empezó cuando el olor a hierbas se apoderó del ambiente, y me dejó paralizada. El té quedó sobre la mesa, desplazado, incapaz de reclamarme para sí. El olor que emanaba,  me recordó las tisanas de mi abuela. De pronto todo adquirió su sabor amargo, su tintura fuerte y un distintivo olor a epazote, saúco y otras yerbas, me envolvió completa.

Dicha combinación de olores, texturas y sabores me transportó, de pronto, a un lugar olvidado, pero que innegablemente sigue latente en mí. Allí encontré, tirado, un prototipo de mi misma al que apenas reconocí, pero no pude evitar sonreírle. Cuando salí de aquel lugar, ahora inasible, aunque no por ello irreal, iba ebria de deleite y añoranzas. Me pareció que, momentáneamente, había habitado en dos tiempos y ocupado dos espacios. 

Y, de repente, el olor se disipó,  regresé a la cocina. Inútilmente, quise retener el espacio y el tiempo que se desvanecían ante el toque del presente. Alargué la mirada,  los vi a lo lejos, en fuga hacia un lugar indefinido. Pero, sabía, que cuando menos lo espere, me reclamarán de nuevo, y yo me abandonaré en ellos, sin resistencia. Cerré los ojos, agradecí esa complicidad involuntaria,  y, me sentí feliz, completa, ahora ya restablecida a un único tiempo y espacio. 

Me senté y disfruté de la poción mágica que tenía delante de mí, fuera té o tisana, porque esta ahora tenía un sabor indescriptible y dichoso.  Y, por primera vez, tuve la necesidad de rescatar la palabra "tisana" del cementerio de las palabras muertas.

sábado, 15 de octubre de 2016

El voto estratégico es digno y válido en la Era de Trump

Me queda claro que elegir a Hillary Clinton no supone un cambio en las políticas doméstica ni exterior. Su gobierno no cambiará nada, a saber: seguiremos viendo los altos niveles de pobreza, el enriquecimiento desmedido de unos cuantos, la brutalidad policial, el racismo institucionalizado, el aumento del ya exorbitante presupuesto militar, a expensas de los servicios sociales, las relaciones cuestionables con gobiernos criminales, como Arabia Saudí, los asesinatos de civiles inocentes en Yemen, Pakistán, Somalia, etc., y tal vez, añadamos unos cuantos a la lista de países por bombardear. 

Lo sé bien, Hillary Clinton será más de lo mismo; sin embargo, en la Era de Donald Trump la PERMANENCIA es ganancia. Por eso, votaré en contra de Donald Trump.  Con Hillary Clinton el país que conozco seguirá siendo el mismo con sus luces y sombras; seguiré protestando, quejándome de las mismas injusticias de siempre,  pero también continuaré disfrutando de los mismos derechos que me garantiza la constitución.

Hillary es una pésima opción, lo sé; pero es hora de votar estratégicamente. 

Detesto que Hillary sea lo mejor que el partido Demócrata pudo ofrecerle al país. Mi descuerdo con Hillary viene de lejos; y ni siquiera la amenaza Trump puede cambiarlo. Sin embargo, a pesar de que tengo decenas de razones para no votar ni por Hillary, ni por partido Demócrata, hay UNA razón que pesa más que todas ellas  juntas: Donald Trump. 

Si Trump llega a la Casa Blanca, el país y el mundo que conocemos, tal vez, ya no sean más. Y, ese es un riesgo muy alto que no debemos correr bajo ninguna circunstancia. Debemos alzar nuestra voz, pero, sobre todo, repudiar la retórica del odio y del miedo con la más contundente herramienta que tenemos a nuestra disposición: el voto. Hay que decirle NO a Donald Trump y su letanía deplorable de ismos. El fascismo no ha muerto; se envalentona, tanto en Europa como Estados Unidos, y es nuestro deber decirle "nunca más". 

Es absolutamente imprescindible abortar la amenaza que se cierne sobre nosotros en la persona de Donald Trump. Mi voto es estratégico, no ideológico.  Y esa, es una postura válida y digna en la Era de Trump.

lunes, 18 de julio de 2016

Walden Pond y la lección de Thoreau

Desde que leí Walden, hace unos veinte años, tenía pendiente visitar Walden Pond. Quería experimentar por mí misma aquel lugar en que Henry David Thoreau llevó a cabo su experimento de vida, y donde acumuló el material que en 1854 se convertiría en su libro más importante: Walden.
El libro detalla su estadía (1845-1847) en una minúscula cabaña que el mismo construyó. Buscaba experimentar la vida en su sentido más básico y esencial: producir lo mínimo para vivir, estar en armonía con la naturaleza, y utilizar el tiempo en vivir. Es decir, dedicarse a pensar, observar la naturaleza, leer, escribir, o simplemente estar.
En el siguiente fragmento Thoreau nos explica la razón de su retiro hacia el bosque:
I went to the woods because I wished to live deliberately, to front only the essential facts of life, and see if I could not learn what it had to teach, and not, when I came to die, discover that I had not lived. I did not wish to live what was not life, living is so dear; nor did I wish to practice resignation, unless it was quite necessary. I wanted to live deep and suck out all the marrow of life, to live so sturdily and Spartan-like as to put to rout all that was not life, to cut a broad swath and shave close, to drive life into a corner, and reduce it to its lowest terms, and, if it proved to be mean, why then to get the whole and genuine meanness of it, and publish its meanness to the world; or if it were sublime, to know it by experience, and be able to give a true account of it in my next excursion (Henry David Thoreau, Walden, "Where I Lived, and What I Lived For")
Thoreau fue un hombre que vivió sus principios, y puso en práctica sus convicciones. Se opuso rotundamente al materialismo imperante en los Estados Unidos; rechazaba sobremanera la idea de esclavizarse a un trabajo en la juventud por la promesa de estabilidad económica en el futuro. Abominaba la idea de consagrar sus mejores años al trabajo, en vez de vivir la vida a plenitud. Quería pasar sus días cultivando su mente y disfrutando del placer de contemplar la naturaleza. Creía en trabajar lo justo para obtener lo necesario: comida, techo y abrigo. Su tiempo era demasiado valioso para dedicárselo al trabajo, en vez de a la lectura, la escritura, la reflexión y a la contemplación.

Thoreau creía que la mayoría de pertenencias eran innecesarias. Por ello, vivió una vida totalmente desprendido de los bienes materiales. Se aisló de la sociedad moderna, que empezaba a monetizar el tiempo de los hombres en las industrias, al tiempo que los dejaba exhaustos, marchitos por dentro. Rechazaba el materialismo inherente a la vida moderna, y deseaba volver a vivir en armonía con la naturaleza. Es por ello que se refugió en Walden Pond por dos años: deseaba poner a pruebas sus creencias, y ver que enseñanzas sacaba de su experiencia.

En Walden Pond, Thoreau pasaba sus días contemplando su entorno, sembrando, cosechando su comida, leyendo y escribiendo. Se sentaba en el quicio de la puerta a observar el paso de las estaciones, escuchar el trinar de los pájaros. Se sentía pleno entre los árboles, aislado de sus contemporáneos con quienes tenía poco en común, excepto por un puñado de amigos, entre los que se contaban Ralph Emerson, quien tuvo gran influencia sobre él.

En la soledad de Walden Pond Throreau reflexionaba constantemente sobre los temas que le interesaban: los libros, la lectura, la vida moderna, el materialismo, la libertad individual, la tiranía del Estado y la Iglesia sobre la libertad del individuo, la guerra y la esclavitud. Thoreau fue un temprano abolicionista, quien siempre denunció los horrores de la esclavitud. De hecho, se puede decir que el experimento en Walden Pond fue un rechazo a la industrialización, a las políticas belicista y esclavista de los Estados Unidos. Denunció férreamente tanto la esclavitud como la Guerra México-americana. En 1846 fue encarcelado por negarse a pagar impuestos por estar en contra de ambas. Su condena duró sólo una noche, ya que un familiar pagó los impuestos atrasados en contra de su voluntad.

Como respuesta a su confrontación con el gobierno y su estadía en la cárcel, Thoreau escribió su seminal ensayo Civil Disobedience, el cual influirá profundamente en el pensamiento de Leo Tolstoi, y las luchas de resistencias pacíficas de Mahatma Gandhi, por la independencia de la India, y de Martin Luther King, Jr., por el reconocimiento y la afirmación de los derechos civiles de los negros en EE.UU. En dicho ensayo Thoreau exhorta a los ciudadanos a resistir al Estado, a desobedecerlo para defender causas justas, específicamente la esclavitud y la guerra con México. El Estado no dudará en meter a los alzados a la cárcel, pero si fuera así, no importa, porque ésta es el único lugar digno de un hombre que se opone a un gobierno que perpetua injusticias y derrama sangre inocente:
Under a government which imprisons any unjustly, the true place for a just man is also a prison.… where the State places those who are not with her, but against her,– the only house in a slave State in which a free man can abide with honor.… Cast your whole vote, not a strip of paper merely, but your whole influence. A minority is powerless while it conforms to the majority; it is not even a minority then; but it is irresistible when it clogs by its whole weight. If the alternative is to keep all just men in prison, or give up war and slavery, the State will not hesitate which to choose. If a thousand men were not to pay their tax bills this year, that would not be a violent and bloody measure, as it would be to pay them, and enable the State to commit violence and shed innocent blood. This is, in fact, the definition of a peaceable revolution, if any such is possible (Thoreau, Civil Disobedience)
Es el deber de la minoría que no está de acuerdo con las injusticias del Estado hacer sentir su desacuerdo, a través de la desobediencia civil; en este caso quería que todos los que se oponían a la guerra y a la esclavitud lo imitaran, y dejaran de pagar impuestos. Hacerlo equivalía a una revolución pacífica, aunque tenía dudas de si tal cosa era posible. Sin embargo, décadas después, tanto Gandhi como Martín Luther King, Jr. demostrarían que, en efecto como lo había concebido Thoreau, la resistencia pacífica puede poner fin a la violencia y la injusticia estatal.

Tras leer Walden se hace evidente lo relevante de las reflexiones de Thoreau sobre la naturaleza, la libertad y el sentido de ser de cada uno. A pesar de que el libro fue escrito a mediados del siglo XIX sus enseñanzas siguen vigentes. No deberíamos olvidar nunca la importancia de "simplificar" para poder vivir la vida a plenitud. No nacimos para ser esclavos del trabajo, sino para vivir y ser felices. La felicidad no se encuentra en la necesidad de acumular, que promueve el ideal de éxito actual, sino en la simpleza de vivir con menos, de no diferir vivir para el futuro a expensas del presente.

Al estar en Walden Pond sentí que no se trataba de una visita, sino de un retorno. Era volver a un lugar conocido: ya había estado allí de la mano de Thoreau; juntos habíamos nadado en el lago, sembrado frijoles, observado los pájaros, la nieve, y los trillos que nos conducían a las expediciones diarias entre los árboles. Deambulé un buen rato por la reserva, me senté a la orilla del lago, y creí ver a Thoreau sembrando, recogiendo leña para avivar el fuego de la chimenea. Me pareció verlo inmerso en el más absoluto silencio, disfrutando de la soledad que amaba. Al entrar a su cabaña, lo encontré sentado a la mesa escribiendo junto al fuego.

Me sentí feliz en aquel lugar que vivió en mi imaginario desde que siendo muy joven una profesora me puso a Thoreau en las manos.  El mensaje de Walden caló muy profundo en mí, y jamás he olvidado su lección: vivir simplemente, vivir con lo justo, aunar mis principios/creencias con mis acciones, disfrutar de la soledad y amar la naturaleza. Pero sobre todo, con Thoreau aprendí la importancia defender la libertad del individuo de vivir su propia vida, como quiera, y la necesidad de resistir a los que buscan coartarnos, llámense Estado, Iglesia u opinión de los demás.

Otros posts sobre Thoreau:
Vivir la vida que soñamos
Conversando con Thoreau en esta mañana de domingo

jueves, 12 de mayo de 2016

Donald Trump y la nostalgia por una nación que ya no existe

Muchos se preguntan, ¿por qué Trump? Creo que para dar respuesta a esta pregunta hay que analizar la convergencia de varios factores, los cuales se complementan y se amplifican. La fama de Trump importa, pues la política estadounidense es a veces un culto a la personalidad; pero también existen razones de peso que explican el fenómeno. Donald Trump no salió de la nada, como quisieran los Republicanos que creyéramos. Surge de la convergencia de discursos políticos, raciales, demográficos y económicos.

Estos discursos forman parte del ideario de algunos adeptos y dirigentes del Partido Republicano. Llevan años construyendo un discurso anti gubernamental, que sitúa al país al borde de un precipicio del que no hay escapatoria. Muchos miembros del partido tienen casi ocho años esperando que Obama suspenda la constitución e imponga la ley marcial. Los más dementes se preparan para oponer resistencia al ejército cuando intente llevarlos a los campos de internamiento FEMA.

El que el presidente de los Estados Unidos se llame Barack Obama, y sea un hombre negro ha desquiciado a quienes sufren la profunda pena de que no sea de ascendencia europea, como todos sus antecesores. El malestar es real y se ha materializado de varias maneras. Una de las más insidiosas es la perpetua campaña que asegura que Obama no es estadounidense y que es musulmán. No es coincidencia que el recelo ante Obama haya propiciado el aumento de milicias armadas. Temen que Obama prohíba la venta y uso de armas de fuego, y quedarse indefensos ante "la tiranía" del gobierno.

Las señales de la decadencia están no sólo en la Casa Blanca, sino en todas las esferas de la nación. Ya nada es como era, dicen. Los Estados Unidos pronto dejará de ser un país en el que la mayoría de sus ciudadanos sean de ascendencia europea. Esto inquieta sobremanera al sector nativista y nacionalista, que cree que solo los descendientes de europeos son estadounidense auténticos. Los síntomas del malestar se muestran, en parte, en el discurso antiinmigrante, en el repugnante epíteto anchor babies, y el deseo de enmendar la decimocuarta enmienda a la constitución, la cual garantiza la ciudadanía a toda persona nacida en el país.

Los racistas engavetados, que permanecían en el clóset por temor a ser juzgados, han visto una apertura en el discurso de Trump para expresarse sin miedo. Donald Trump ha hecho el prejuicio mainstream again. Este es el caso del supremacista William Johnson quien confiesa que Trump ha envalentonado a los autocensurados. Sostiene que "[Trump] is allowing us to talk about things we've not been able to talk about". Trump no ha inventado el discurso discriminatorio, simplemente lo ha vuelto a poner en el tapete.

El avance en la igualdad racial incomoda a los que añoran el país en el que se los privilegiaba. Les enfurece ver cómo se aleja en el retrovisor el país en el que discriminar era la ley. Por eso, hablan de una "América" que ayer fue mejor, claro está, exclusivamente para ellos. Trump apela a la nostalgia por ese país que tuvo que ceder una pequeña parte de su privilegio a la equidad y la justicia.

La pérdida de ese privilegio es lo que añoran estos cruzados modernos, enchidos de nostalgia por un tiempo ido. Desean volver a aquel país en el que las minorías invisibles entendían cuál era su lugar en la pirámide social. Su crítica al discurso políticamente correcto no es más que una excusa para recordarnos que cuando America was great, los indeseables se mantenían en el lugar que les correspondía: debajo de las botas de la supremacía blanca y patriarcal.

Donald Trump promete regresar a ese pasado.